lunes, 28 de septiembre de 2026

Cuanto más conozco a la gente...

 



“Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Esta frase de Diógenes de Sinope, también atribuida erróneamente a Lord Byron, refleja el cansancio de la complejidad del ser humano frente al valor de la fidelidad de los animales.

Personalmente, soy un defensor del ser humano, aunque este en más de una ocasión deja mucho que desear. Dios nos dotó de inteligencia que muchas personas, sinceramente, pienso que no utilizan ni en lo ordinario y menos ante los grandes retos de la vida.

Las personas, salvando las excepciones, suelen tender a preservar sus intereses por encima de los de los demás. Esto se ve en todos los ámbitos de la vida y no se necesita ser un experto para darse cuenta.

Los que son altruistas, dan todo sin pedir nada a cambio; son comidos por una sociedad viciada que solo piensa en sí misma. Al final, el que se ha entregado y ayudado a los demás se encuentra sin nada y, lo que es peor, apartado del mundo en un ostracismo buscado y deseado. ¡Cuanto más lejos de la humanidad, mucho mejor!

Vivimos en un mundo deshumanizado, donde lo virtual, tan bueno para unas cosas, nos está alejando de nuestros semejantes. Ya pocos hablan por teléfono y menos se ven en persona.

Ahora, con el teletrabajo, tampoco tienes que pisar la oficina o despacho, con lo cual ni te relacionas con los compañeros. Parece que nos quieren dirigir a la soledad y, como un rebaño de ovejas, vamos con la cabeza gacha a donde quieran llevarnos.



Personalmente, cada día que pasa me siento más asocial; vivo muy bien en el micromundo donde solo habitan mi mujer, Fernanda, Colmillo (GC), que son nuestros perros, y Pelayo, nuestro gatito cántabro. Dentro del mismo también entran nuestros hermanos del alma y buenos amigos; los demás, sintiéndolo mucho, no están en lo que llamaríamos círculo personal.

Para mí, es mucho más gratificante lo que me cuenta Hetepheres, observar a mi gatito tuxedo que no para de “charlar”, sentir la constante presencia de nuestros perros, con la alegría que aportan, y conversar con amigos queridos a quienes considero como hermanos, que soportar una conversación convencional que no me aporta nada, no me interesa y me cansa enormemente.

Ustedes pueden comprobar que no voy a casi nada, aunque me invitan a actos culturales, religiosos, sociales y políticos, a los cuales les agradezco la deferencia.

Sí, este humanista, a pesar de los pesares, seguirá defendiendo la grandeza del ser humano, aunque cuanto más conoce a la gente, más quiere a sus perros porque en ellos redunda la fidelidad absoluta.

Jesús Rodríguez Arias



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