A nivel familiar este término
se suele usar para definir a las personas que nadan contracorriente, que rompen
las reglas transmitidas de generación en generación.
Y a nivel social son todos
aquellos que no se adscriben al pensamiento único, a un argumentario definido,
al “esto es lo que hay, los que no siguen el paso de los demás sino que razonan
con hechos y palabras, que tienen propia opinión y además las transmiten a los
demás de forma pública, en definitiva son todos aquellos que son libres, que no
entran en patéticas discusiones barriobajeras a través de las respectivas redes
sociales, las que siguen su camino, los que son condenados por esta tendenciosa
sociedad y los poderes que la manejan a un total ostracismo, porque los quieren
apartar de todos los segmentos donde su sola presencia puede hacer daño a los
que caminan ciegos, mudos y sin pensar demasiado.
Desgraciadamente ovejas negras existen en todos los ámbitos y sectores. En el trabajo, estudios, amistades, incluso en apostolados y carismas, en todos en general, también el cofrade. Pienso que llevamos muchas generaciones adscritas al pensamiento único y eso hace que los que detentan el poder, el que sea, se vean en posesión de la verdad y los que ellos dicen y dictaminan va a misa o por lo menos así lo creen. En cuanto alguien difiere de esa opinión y además muestra argumentos sólidos se convierte de golpe y porrazo en un apestado o lo que es lo mismo, en una oveja negra.
Asumir que eres un paria en el
lugar que has crecido y has pasado muchos años de la vida es realmente difícil
pues sientes que las miradas se clavan en ti, intentan hacerse el tonto, que es
una forma coloquial, de fingir desinterés y desapego con la persona que esta
frente a ellos y solo porque una vez se le ocurrió discrepar de la forma de
hacer y actuar de aquellos que hasta ese mismo momento eran verdaderos “amigos
y hermanos”. Este tipo de afrentas tienen mucho en común con los pueblos donde
las filias y las fobias pasan de generación en generación.
Nos gloriamos de decir que
somos discípulos de Cristo, pero nos falta su mansedumbre y humildad para
llevar su yugo.
Jesús Rodríguez Arias












