“Cuanto más conozco a la
gente, más quiero a mi perro”. Esta frase de Diógenes de Sinope, también
atribuida erróneamente a Lord Byron, refleja el cansancio de la complejidad del
ser humano frente al valor de la fidelidad de los animales.
Personalmente, soy un defensor
del ser humano, aunque este en más de una ocasión deja mucho que desear. Dios
nos dotó de inteligencia que muchas personas, sinceramente, pienso que no
utilizan ni en lo ordinario y menos ante los grandes retos de la vida.
Las personas, salvando las
excepciones, suelen tender a preservar sus intereses por encima de los de los
demás. Esto se ve en todos los ámbitos de la vida y no se necesita ser un
experto para darse cuenta.
Los que son altruistas, dan
todo sin pedir nada a cambio; son comidos por una sociedad viciada que solo
piensa en sí misma. Al final, el que se ha entregado y ayudado a los demás se
encuentra sin nada y, lo que es peor, apartado del mundo en un ostracismo
buscado y deseado. ¡Cuanto más lejos de la humanidad, mucho mejor!
Vivimos en un mundo
deshumanizado, donde lo virtual, tan bueno para unas cosas, nos está alejando
de nuestros semejantes. Ya pocos hablan por teléfono y menos se ven en persona.
Ahora, con el teletrabajo,
tampoco tienes que pisar la oficina o despacho, con lo cual ni te relacionas
con los compañeros. Parece que nos quieren dirigir a la soledad y, como un
rebaño de ovejas, vamos con la cabeza gacha a donde quieran llevarnos.
Personalmente, cada día que
pasa me siento más asocial; vivo muy bien en el micromundo donde solo habitan
mi mujer, Fernanda, Colmillo (GC), que son nuestros perros, y Pelayo, nuestro
gatito cántabro. Dentro del mismo también entran nuestros hermanos del alma y
buenos amigos; los demás, sintiéndolo mucho, no están en lo que llamaríamos
círculo personal.
Para mí, es mucho más
gratificante lo que me cuenta Hetepheres, observar a mi gatito tuxedo que no
para de “charlar”, sentir la constante presencia de nuestros perros, con la
alegría que aportan, y conversar con amigos queridos a quienes considero como
hermanos, que soportar una conversación convencional que no me aporta nada, no
me interesa y me cansa enormemente.
Ustedes pueden comprobar que
no voy a casi nada, aunque me invitan a actos culturales, religiosos, sociales
y políticos, a los cuales les agradezco la deferencia.
Sí, este humanista, a pesar de
los pesares, seguirá defendiendo la grandeza del ser humano, aunque cuanto más
conoce a la gente, más quiere a sus perros porque en ellos redunda la fidelidad
absoluta.
Jesús Rodríguez Arias










