Cuando cogió la Selección
Absoluta de España, nadie daba un céntimo por él, pero lo que no sabían es que
este entrenador llevaba transitado durante toda su vida deportiva el camino de
la paciencia, el trabajo silencioso y el espíritu del sacrificio.
Nacido el 21 de junio de 1961
en el riojeño pueblo de Haro, desde pequeño vivió rodeado de fútbol, ingresando
pronto en el Athletic Club de Bilbao, formando parte de aquel histórico equipo
que conquistó Liga y Supercopa. También defendió las camisetas del Sevilla FC y
el Deportivo Alavés, donde se retiró en 1994.
Decidió comenzar su carrera
como entrenador dirigiendo a equipos humildes y otros que formaban parte de la
cantera, hasta que fue cesado por el Alavés, en 2.ª B, cuando se encontraba el
octavo posición.
A partir de ahí comenzó un
duro camino donde el valor del sacrificio se hizo indispensable para salir
adelante, ya que estuvo dieciocho meses en paro, con tres hijos y sin que
ningún club llamara a su puerta. Él mismo reconoció que ha sido el momento más
duro de su vida. Un día abrió el periódico y vio un anuncio de la RFEF que
buscaba entrenador para las categorías inferiores. No lo dudó, llamó y envió su
currículo. En mayo de 2013 accedió al puesto y desde entonces ha dirigido las
selecciones sub-19, sub-21 y, desde el 8 de diciembre de 2022, seleccionador de
la absoluta, cuyo broche de oro ha sido ganar este año el Mundial frente a
Argentina el domingo 19 de julio.
Uno de los rasgos más claros de Luis de la Fuente Castillo es su recia Fe y el orgullo que siente al profesar la religión católica. Siempre lleva en su muñeca una cinta de Nuestra Señora del Pilar, un signo sencillo de su profunda devoción mariana que lo acompaña en cada partido. En varias ocasiones ha testimoniado que la Fe no es algo que se deja fuera del trabajo, del deporte o de los grandes escenarios. Al contrario, puede ser la fuente de esperanza y confianza en cada desafío.
“Sin Dios nada en la vida
tiene sentido”, nos recordó D. Luis de la Fuente, que ha conseguido tanto
gracias a su Fe inquebrantable en el Señor, su bendita Madre y en cada uno de
los jugadores que ha tenido bajo sus órdenes.
Es la imagen pública de que la
verdadera grandeza se consigue en la humildad, el sentido del sacrificio, la
necesidad de no ser protagonista, sino de servir a todos por igual.
El humanismo cristiano del
seleccionador nacional se demostró, una vez más, cuando envió su más sentido
pésame y dolor a la familia y amigos de Adrián Ibarra, fallecido en las
celebraciones de la victoria de España en Ciudad Rodrigo.
Los católicos debemos vivir
nuestra Fe en profundidad y dar la cara ante un mundo cada vez más
deshumanizado, en el que muchos no quieren a Dios, pero Él sí nos quiere a
todos. Esa es la diferencia.
Con este artículo me despido hasta septiembre. Feliz mes de agosto.
Jesús Rodríguez Arias






