“El demonio mudo”. Es decir,
el demonio que impide al cristiano decir la verdad, ser sincero en el examen,
en la dirección espiritual y confesión. La expresión que se hará emblemática en
los escritos y en la predicación de San Josemaría Escrivá de Balaguer. De este tema trata en
profundidad “Camino. Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez” haciéndose
también referencia en el punto 127 de Forja.
Reconozco que hasta hace unas
semanas no había escuchado lo de “demonio mudo”. Me pareció interesante, por un
lado, y sumamente esclarecedor porque es verdad, eso nos ha sucedido a todos
sin excepción cuando acudimos a confesarnos, ya son cada vez menos los que
reciben el sacramento de la penitencia por tal o cual motivo. Uno de los
principales es la propia vergüenza de contar al cura tus pecados, pero en
verdad lo estás haciendo con el mismo Jesús, ya que el sacerdote es el
necesario intermediario entre Él y tú.
También es por la soberbia y orgullo que hace que lo que hemos hecho mal no lo consideremos pecado o caer en la presunción de decir en voz alta: “Yo es que me confieso directamente con Dios”.
Es verdad que cuando vas a
confesarte, previamente harás examen de conciencia, ese demonio mudo se hace
presente en tu ser diciéndote a oído que calles lo que más vergüenza te da,
aunque al final comprendes que para descargar los pesados fardos que suponen
nuestras faltas debemos hablar con total franqueza en el confesionario y si el
sacerdote en cuestión es además tú director espiritual pues con más confianza.
Pero ese demonio mudo también
se mete en nuestro ser en lo que es la vida diaria impidiéndonos confesar
abiertamente que somos católicos, que profesamos la Fe que nos entregó Jesús
con su Pasión, Muerte y Resurrección. No, no se puede ser católicos a medias,
que para unas cosas somos muy doctrinales y para otras situaciones damos un
pase de pecho. Ser católicos y discípulos de Cristo nos obliga a vivir la Fe
desde la coherencia, aunque esto nos traiga muchos quebraderos de cabeza ya que
el mundo en el que vivimos está cada vez más lejos de Dios y lo que significa.
Por ejemplo, no puedo darme
golpes en el pecho, pero después no solo no defiendo la vida, sino que
justifico el aborto y me callo para no ser un proscrito ante la mundanidad. Lo
mismo con la eutanasia. No puedo incluso juramentar que mi situación personal
es conforme según derecho canónico y en la práctica es todo lo contrario. No
puedo ostentar cualquier cargo en instituciones de la Santa Madre Iglesia si mi
vida diaria dista y mucho de la religión que digo profesar. Parece que nos
interesa más atesorar terrenales influencias que ganar la santidad.
Por eso es bueno mantener a
raya al demonio mudo que solo quiere hacernos infelices y sobre todo que no
logremos la salvación.
Jesús Rodríguez Arias

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